Columnas de Opinión
Voces diversas que reflexionan sobre el placer, la autonomía, el cuidado y la reducción de riesgos desde la calle, la academia y la experiencia vivida.
Alejo M.
@consuma_conciencia
Más allá del juicio: Repensar el placer y el VIH
Para entrar en este texto no necesitas un manual, sino activar esa malicia política que nos permite leer entre líneas. Hablar de sustancias y de VIH suele disparar alarmas, miedos y prejuicios que llevan décadas patrullando nuestras conversaciones. Casi siempre, la charla se queda en etiquetas: "bueno" o "malo", "responsable" o "vicioso". Pero cuando nos encerramos en el juicio, dejamos de ver lo que realmente importa: la vida que palpita detrás de cada decisión.
Sociólogos como Howard Becker ya nos advertían que la "desviación" no es algo natural, sino un dedo que alguien con poder decide apuntar hacia nosotros. En Medellín, sabemos bien cómo se siente ese señalamiento. El estigma sobre el uso de sustancias o el VIH no es casualidad; es una marca que busca disciplinar nuestros cuerpos y deseos. Ponerse zorro es entender que el consumo no es solo una "voluntad individual". Nuestras trayectorias están llenas de matices: desde contextos de desigualdad y traumas, hasta la simple y legítima búsqueda de placer o alivio.
Reconocer esto no es negar que existan riesgos; es entender que la respuesta más potente no es el regaño moral, sino el cuidado, la información y el parche que acompaña sin juzgar.
Lo mismo pasa con el VIH. Susan Sontag decía que las enfermedades se cargan de metáforas que terminan pesando más que el virus mismo. Cuando interpretamos la salud como un premio a la "buena conducta" o la enfermedad como un castigo, el resultado es el estigma que Goffman describía como esa marca que te saca del juego social.
Esa exclusión no resuelve nada; al contrario, levanta muros que nos alejan de los servicios de salud y de las redes de apoyo que realmente nos mantienen vives.
Por eso, nuestra apuesta es desplazar la mirada: del juicio al cuidado. Estrategias como la reducción de daños parten de una verdad incómoda para el sistema: las personas tenemos derecho a la información y al acompañamiento, sin importar qué decidamos hacer con nuestra vida o nuestro cuerpo. Es fundamental ser claros: reconocer que el uso de drogas es una realidad en nuestras calles no es invitar a consumir; es activar una respuesta de prevención inteligente y digna frente a lo que ya existe.
La salud se construye desde el respeto a la autonomía, no desde la culpa que paraliza. Adoptar esta mirada nos permite escuchar con empatía las historias de resistencia que hay detrás de cada persona. Cuando soltamos el lente del juicio, el miedo y la culpa dejan de dictar nuestra conversación pública. Garantizar servicios libres de estigma y fortalecer nuestras comunidades no es solo una meta sanitaria; es nuestra forma de construir una Medellín más justa.
Más que corregir conductas, el desafío es acompañar realidades. Te invito a preguntarte: ¿Cómo habitamos una rumba y una ciudad donde el cuidado y la autonomía sean el centro, sin que el miedo al riesgo nos robe el respeto por el otre?
Ponte zorro. Tu autonomía es tu mayor herramienta de cuidado.
Más allá del juicio: Repensar el placer y el VIH
Columna de opinión
Carlos
@consuma_conciencia
Habitar la Noche: Entre la Estructura y el Placer Soberano
Habitar es un concepto que se nos ha vuelto paisaje en el parche, en la universidad o en las charlas de pasillo. Pero definirlo es casi tan complejo como definir qué es vivir. En su sentido más básico, habitar nos lleva a "morar", a esa relación espacial que construimos tanto hacia afuera —con la familia, el centro, o los amigos— como hacia adentro, en esa conversación constante con nuestras propias facetas.
Sin embargo, como planteaba Foucault, habitar no es un acto pasivo; es la práctica de inscribir el cuerpo en un espacio que siempre es político, un territorio atravesado por diagramas de poder y normas de visibilidad. Aquí es donde la teoría se choca con la realidad de las calles de Medellín, de CDMX o de Buenos Aires. En los baños de las discotecas se susurran verdades que la academia aún no sabe nombrar: que el control no desaparece cuando se apaga la luz, sino que se transforma.
Comprendemos el habitar como esa tensión entre nuestra individualidad y la estructura. En la rumba, esa estructura se manifiesta como una exigencia constante de rendimiento. Cruzar la pista es entrar en una vitrina donde hay que verse de cierta forma y aguantar hasta el amanecer para encajar en estéticas que a veces ni nos pertenecen. Nos venden un guion de fiesta diseñado para agotarnos, donde el consumo se vuelve otra norma más de ese "código de acción" de lo permitido y lo negado.
¿Cómo nos habitamos, entonces, cuando el deseo busca la libertad pero la lógica dominante nos quiere como objetos de estudio? A menudo nos imponen etiquetas importadas para clasificar lo que hacemos en la oscuridad, ignorando que nuestra realidad histórica es otra. La sexualización de las sustancias nos ha atravesado siempre, desde la pola para romper el hielo hasta la bareta en el parche, mucho antes de que se pusiera de moda el discurso técnico.
El "parche" aparece entonces como esa posibilidad de anular las estructuras de opinión. Es en la afinidad con los otros —compartiendo género, etnia, orientación sexual y clase— donde el espacio de vigilancia cambia de foco. Allí, el habitar se vuelve una exploración del ser individual reunido en conjunto.
La verdadera apuesta por la autonomía no viene de un manual de instrucciones externo, sino de entender que habitar el cuerpo implica reconocerlo como un territorio soberano. La falta de información sobre lo que consumimos o sobre cómo gestionamos nuestro placer es, en realidad, la mayor ganancia del mercado que nos prefiere zombis.
Habitar la noche desde la sospecha es lo que permite transitar la fiesta sin que el contexto dicte la línea a seguir. Cuando decidimos cuidar nuestra salud o gestionar nuestros consumos, no lo hacemos por cumplir una norma sanitaria, sino como un acto político de reapropiación.
Al final, la consigna es clara: saber qué entra en el cuerpo porque el placer nos pertenece. Solo así la pista deja de ser un espacio de rendimiento para convertirse en un lugar donde performar nuevas realidades. La rumba se construye desde la entraña y con la mirada despierta, para que el goce no sea una forma de encajar, sino la práctica real de habitar-nos en libertad.
Habitar la Noche: Entre la Estructura y el Placer Soberano
Columna de opinión
Gonzalo Usuga
@consuma_conciencia
El parche: una red de apoyo para gestionar el placer y reducir riesgos
Quizás uno de los grandes maestros de la vida, esos que te enseñan no con palabras sino a través de la experiencia, es el placer. Y es que si nos detenemos a pensar sobre en donde nos sentimos cómodos, a gusto, o en un lugar en el que siempre queremos habitar, seguro es uno en donde hemos gozado una experiencia asociada al bienestar, esa satisfacción y disfrute que nos proporciona algo que nos resulta agradable. Y es que si algo nos enseña el placer es a orientarnos hacia lo que percibimos como bueno para nosotros.
Y en esos términos podemos descubrirnos habitando desde el cuerpo sensaciones físicas agradables, desde la emoción con situaciones que nos hacen conectar y desde lo simbólico con todas las experiencias a las que le damos sentido, pero no hay un sentido lineal de explorar el placer, pues con la experiencia se aprende a identificar que no todo placer es igual, este puede ir desde lo inmediato y momentáneo hasta experiencias más profundas que generan sentido y conexión. Siendo estas últimas las que nos vinculan a lugares, a personas, a espacios donde podemos ser sin tabúes, donde aparecen los parches, los círculos, las pequeñas tribus de la noche o de la intimidad. Espacios donde la curiosidad y el deseo por sentir por conectar les reúnen.
Espacios profundamente humanos, lugares donde se comparte más que un momento; donde también se comparten silencios, códigos y formas de socializar de intimar a través del deseo y es que entre medio de las sustancias y el sexo también se tejen redes de cuidado, espacios en los que se puede hablar de consumo, de prácticas sexuales, de métodos de prevención, de riesgos, en donde se aprende a poner límites y conocer los propios, redes que te aconsejan que te avisan cuando el placer sigue siendo disfrute o cuando ya estás en sobrecarga, y es que quien dijo que los caminos del placer se deben transitar solo pues el placer no se cancela, se acompaña y es que gestionar nuestro deseo no se trata de ignorar los riesgos si no de enfrentarlos con información y con acciones concretas de prácticas de prevención y de cuidado pues un espacio que te acompaña que te cuida, es un espacio seguro para explorar y navegar en las formas en las que elegimos vivir nuestra sexualidad.
Habitar espacios seguros significa estar en un entorno donde el cuerpo es respetado, el deseo no es juzgado, donde se obtiene información clara. Más que un lugar físico también es una atmósfera emocional y relacional. Así como se reconoce lo que es un espacio seguro también se hace evidente cuando este deja de serlo. Así que ¡Ponte Zorro! Si sientes que la atmósfera ya no está vibrando contigo, si sientes que no conectas, si notas que alguien está mal y se le minimiza o ignora, el consentimiento se vuelve difuso reconoce el momento en el que necesitas moverte, poner un límite o pedir apoyo.
¿Cuál sería la construcción ideal de un espacio seguro e informado para gestionar tu placer entre notas sensoriales?
El parche: una red de apoyo para gestionar el placer y reducir riesgos
Columna de opinión
Jander Balzán
@consuma_conciencia
¿Quién lleva la rienda en el parche? El arte de no dejarse "meter los dedos a la boca"
Hay códigos que no están en los libros, pero que se leen clarito en el brillo de los ojos de alguien que sabe que la rumba es su territorio. ¿Qué más, pues? Me presento como uno más que se la pasa dándole cabeza a lo que somos y cómo nos movemos en esta ciudad. Como estudiante de lo social, uno aprende que la calle enseña más que cualquier libro, y que la verdadera libertad no es solo hacer lo que a uno le dé la gana, sino saber bajo qué términos y por qué lo hace.
Hablemos de frente: hoy todo el mundo quiere decirnos cómo vivir, qué consumir y cómo sentirnos "bacanos". Nos bombardean con discursos que nos asustan o nos venden una "nota perfecta" que no existe. Ahí, en medio de ese visaje, es donde uno tiene que aprender a ponerse zorro. Ponerse zorro no es ser el más "avispa" de la cuadra; es tener esa chispa interna para que nadie —ni la moda, ni el mercado, ni la sustancia— le maneje a uno el control remoto. Es entender que, si decidís entrar en una experiencia, tenés que ser vos quien lleva la rienda. Ojo: reconocer que el uso de sustancias es una realidad en nuestras noches no es una invitación al consumo; es activar la reducción de riesgos y daños como nuestra apuesta más astuta para no regalarnos al sistema.
La autonomía es un ejercicio de soberanía personal. Un zorro sabe que el que no marca su propio paso, termina bailando al son que le toquen otros. Estar en modo zorro es tener la mirada afilada para entender que el cuidado usar PrEP, testear lo que circula, cuidarnos entre todes no es un sermón médico, sino la forma de mantener el flujo sin que el disfrute se convierta en un peso. El verdadero "Flow" es el que sabe cuidarse y cuidar a los suyos, especialmente cuando habitamos cuerpos y deseos que la sociedad a veces prefiere ignorar. Yo no estoy aquí para juzgar a nadie. Lo que me queda son preguntas para cuando baja la marea: ¿Cuántas veces has sentido que la presión del parche pudo más que tu propio deseo de ser soberane de tu rumba?
Al final, entre más compartimos lo que nos pasa en la calle, menos cuentos nos echan. Un zorro que se respete sabe que el bosque es de todos, pero el camino lo elige uno.
Ponte zorro. Que tu cuerpo sea tu territorio, y de nadie más.
¿Quién lleva la rienda en el parche? El arte de no dejarse "meter los dedos a la boca"
Columna de opinión
Kevin
@consuma_conciencia
Nuevos enfoques para la creación de contenido sobre prevención combinada y reducción de riesgos y daños frente al consumo de drogas
Durante mucho tiempo, la forma en que se ha hablado sobre drogas ha girado alrededor de una sola idea: la drogadicción. Un enfoque que suele asociar el consumo con una mirada desde la enfermedad, con pérdida de control, problemas graves y decisiones "incorrectas". Desde ahí, la prevención se ha construido con mensajes de miedo, advertencias extremas y discursos que, más que acercar, terminan alejando.
Pero la realidad es otra. Hoy, muchas personas (especialmente jóvenes) viven en contextos donde la información está a un clic, donde las experiencias son diversas y donde los discursos que suenan exagerados o moralizantes simplemente no conectan. Cuando el contenido no se siente real, se ignora.
Por eso, cada vez toma más fuerza hablar de prevención combinada y reducción de riesgos y daños. Un enfoque que no niega que el consumo existe, sino que parte de ahí para hacer algo mucho más útil: dar herramientas para cuidarse, tomar decisiones informadas y reducir posibles consecuencias negativas.
Y aquí es donde entra un punto clave: la forma en que comunicamos. Hoy el contenido necesita construirse desde la empatía, con información clara y sin juicios; Además, se debe centrar en las necesidades y realidades de las personas. Pero esto no es solo una intención bonita, implica cambiar cosas concretas.
Primero, dejar de estigmatizar. Cuando el mensaje juzga o señala, lo único que logra es que las personas se alejen. Nadie quiere escuchar algo que lo hace sentir atacado. En cambio, hablar desde el respeto y reconocer el continuo de las realidades del consumo abre la puerta a conversaciones más honestas.
Segundo, conectar desde lenguajes y formatos que sí hagan sentido. Esto significa usar lenguajes más cercanos, formatos más dinámicos y hablar desde situaciones reales. A veces es más útil explicar qué hacer para reducir riesgos en un contexto específico que repetir frases generales que no dicen mucho.
Y tercero, abrir espacios donde las personas también puedan participar y no solo recibir información. La prevención no tiene por qué ser un discurso vertical. Incluir experiencias, preguntas y voces diversas hace que el contenido sea más relevante, más creíble y más útil.
Porque sí, informar sobre mezclas riesgosas, contextos de consumo o formas de autocuidado puede ser mucho más útil que repetir mensajes genéricos que nadie siente cercanos.
Tal vez, en medio de todo esto, la invitación es más simple de lo que parece: pongámonos en modo zorro para hablar de estos temas sin tanto estigma. Es decir, ponernos modo zorro es soltar el juicio, hacer preguntas, escuchar más y construir conversaciones reales.
Al final, crear contenido sobre drogas no debería ser solo advertir, sino cuidar. Y eso implica cambiar la forma en que hablamos, pero también la forma en que escuchamos.
Porque si la prevención de verdad busca proteger la vida, entonces vale la pena preguntarnos: ¿Cómo podemos transformar la comunicación sobre el consumo para que realmente cuide, informe y conecte con las personas?
Nuevos enfoques para la creación de contenido sobre prevención combinada y reducción de riesgos y daños frente al consumo de drogas
Columna de opinión
Rau Valencia Gil
@consuma_conciencia
Saberes de la calle para una prevención con dignidad
En mi trayectoria de vivir con VIH por más de 20 años y ser usuarie de drogas, he aprendido que las cicatrices de una ciudad como Medellín no se borran con sermones, sino con verdades compartidas en la esquina. Como persona no binaria que ha transitado entre la academia y el activismo, me he dado cuenta de que nos han vendido un lenguaje de "protección" que, en el fondo, es un lenguaje de control. Nos dicen cómo debemos vivir para ser "aceptables", pero rara vez nos preguntan qué necesitamos para ser libres.
Mi paso por la educación y mi investigación sobre la cronicidad del VIH me han dado una claridad incómoda: el estigma es el virus más resistente. En los años 80, a las personas que vivíamos de cerca el VIH nos señalaron como el "error" del sistema. Hoy, ese mismo dedo acusador apunta a quienes decidimos usar sustancias. Cambiamos el nombre del "pecado", pero mantenemos la misma estructura de juicio.
Aprendimos, a punta de golpes, que la prevención del VIH solo funcionó cuando dejamos de hablarle a la gente desde el miedo y empezamos a hablarle desde la autonomía. El lenguaje centrado en las personas no es un capricho de corrección política; es una estrategia de supervivencia. Si yo te llamo "enferme" o "viciose", te estoy expulsando de la comunidad. Pero si te reconozco como un par, como alguien soberane de su cuerpo, te estoy devolviendo la herramienta más poderosa: la capacidad de decidir sobre tu propio bienestar.
Esta es la semilla de Consuma Conciencia. No estamos aquí para inventar el agua tibia, sino para aplicar lo que la historia del VIH ya nos gritó en la cara: que la prohibición solo alimenta la clandestinidad y el riesgo. Por eso, mi apuesta hoy es la del Zorro Disidente.
Ser un Zorro Disidente en esta rumba urbana significa romper el guión. Es entender que la Reducción de Riesgos y Daños no es un permiso para el exceso, sino un acto de resistencia frente a un sistema que prefiere ignorarnos. Es saber que mi derecho a la información es innegociable. En la Fundación Ancla, donde coordino procesos educativos, veo a diario cómo un dato preciso sobre una sustancia o una ruta clara de salud salva más vidas que mil campañas de "no lo hagas".
La prevención de hoy debe ser humana o no será nada. No se trata solo de entregar un kit o un folleto; se trata de validar que tu placer, tu identidad sexo-género disidente y tus decisiones son territorio sagrado. El aprendizaje del VIH nos enseñó que la salud es un derecho, no un premio a la buena conducta. Ya es hora de que apliquemos esa misma lógica a la esquina, al bar y al parche.
No quiero cerrar con una verdad absoluta, porque la calle me ha enseñado que las verdades cambian con el turno de la noche. Solo quiero dejar una semilla de duda en tu autonomía.
¿Cómo permitimos que las preocupaciones ajenas establecieran los límites de nuestra propia protección?
Saberes de la calle para una prevención con dignidad
Columna de opinión